Soñé algo, y quise hacer un cuento. Dedicado <3
Anochecía.
La construcción arañada por los años se cernía frente a nosotros, expectante. La casa no parecía derruida, pero ciertamente el tiempo la había hecho sus estragos. A los lados de la casa no había nadie, ningún alma curiosa que nos distrajera de la invitación que el dueño del inmueble, con una sonrisa retorcida y ojos cansados, nos ofreciere.
Apreté un poco la mano de mi acompañante, infundiéndome valor. No había nada de extraño que se te invitara a ver una película a casa de un compañero, mas sin embargo, había algo. Una picazón constante en la parte posterior de la cabeza, el escalofrío que recorre de la nuca al hueso sacro y revuelve las entrañas.
Lo sentía. Lo olía. Dentro de esa casa había algo.
Decidí ignorar mis entonces infundados pensamientos con un gesto de la cabeza, redimiendo la molesta sangre que palpitaba con agitación. Cruzamos la reja negra, que daba paso a una cochera amplia y un pequeño jardín de rosas pobremente cuidado. Ellos dos parloteaban banalidades, mientras yo seguía aferrada a su mano, que se tornaba sudorosa.
Entramos a un amplio cuarto de paredes lisas y oscuras, verdes como el bosque de noche. El piso verdemar brillaba con un pulido desgastado, polvoso, mostrando grietas color café terracota. La habitación estaba desnuda, mas sin embargo tenía un largo pasillo como extensión.
Aquí es cuando las cosas comenzaron a tornarse extrañas. Noté que dicho pasillo contenía a lo largo de sus paredes diversas entradas, todas ellas carentes de puertas, siendo éstas sustituidas por una vasta oscuridad. Dentro de cada una de las habitaciones, reinaba el silencio. Pero mis sentidos se alarmaron, aterrados, sensibilizándose al cien al escudriñar en dicha penumbra.
Sentí una respiración. Dos. Demasiadas. Presencias de ultratumba que me vigilaban desde el arropo que la carencia de luz les proporcionaba, mirándome en silencio. Venía de una y todas partes, de todas direcciones, en todo mi cuerpo...
Solo respirando.
Ahogué un grito que quiso brotar desde el fondo de mi estómago, cuando vi que al final del pasillo una luz gris se colaba desde un patio central. Lo perturbador es que, justo antes de entrar a la casa, era ya muy entrada la noche.
Confundida, con el corazón palpitando con premura en mis sienes y una pesadez que aumentaba cada vez más con el pasar del tiempo, viré mi cabeza hacia la sala, dispuesta a cuestionar todo aquello que me atormentaba.
Pero la pregunta nunca llegó a formularse, atorándose en mi garganta cual enervante veneno.
Dos criaturas deformes, de rasgos claramente femeninos, asomaban sus torsos tras una pantalla de televisión que antes no había estado ahi. Tenían la piel cetrina, amarillenta, con el cuero pegado a sus huesudos cráneos desnudos, y prominentes costillas angulosas. Una falsa humanidad se apoderaba de sus extremidades, pero sus rostros me demostraron que no lo eran.
O al menos, lo que podría considerarse como un rostro. En su lugar, tres manos de largos y huesudos dedos se retorcían grotescamente frente a su cabeza, formando pobres imitaciones de ojos, retorcidas narices, y bocas deformes. Los dedos nudosos eran tan agudos, tan rápidos, que no me percataba del momento exacto en el que cambiaban de 'expresión'. Primero, rostros alegres, antinaturales. Después, llenos de una desdicha casi tangible. Así seguían infinitamente, ambas criaturas cambiando sus macabros gestos a la par cual gemelas siniestras.
Toda la situación rayaba en lo surrealista. Mientras mis ojos no podían dejar de taladrar las apariciones con intensidad, me di cuenta de inmediato que me había quedado sola. Quise gritar, escapar de ese bizarro sitio cuanto antes. Pero no podía. Me tenían perdida en su incesante danza, gesticulando cada vez más rápido, cada vez más imposible…
Entonces, cesó. Las manos se extendieron. Una vasta nada cubría sus rostros, y entonces, desperté.
Y ellas, seguían respirando.